La clave de una sociedad

Reproducimos a continuación parte del curso introductorio sobre Doctrina Social de la Iglesia escrito por Mons. R. Ovidio Pérez Morales.

1.   Bien común

El Concilio Plenario de Venezuela dice que el bien común es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección” (GS 26; Cf. DP 317). El bien común, por lo tanto, debe ser el eje rector y ordenador de los bienes parciales, así como la meta de toda la actividad social, económica, política y cultural de la comunidad nacional” (CIGNS 96).

Las exigencias del bien común derivan de las condiciones sociales de cada época y están estrechamente vinculadas al respeto y a la promoción integral de la persona y de sus derechos fundamentales. Tales exigencias atañen, ante todo, al compromiso por la paz, a la correcta organización de los poderes del Estado, a un sólido ordenamiento jurídico, a la salvaguardia del ambiente, a la prestación de los servicios esenciales para las personas, algunos de los cuales son, al mismo tiempo, derechos del hombre: alimentación, habitación, trabajo, educación y acceso a la cultura, transporte, salud, libre circulación de las informaciones y tutela de la libertad religiosa. Sin olvidar la contribución que cada Nación tiene el deber de dar para establecer una verdadera cooperación internacional, en vistas del bien común de la humanidad entera, teniendo en mente también las futuras generaciones (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 166).

Bien común tiene que ver, pues, con  la  existencia  y seguridad de los ciudadanos (sobre-vivir), con la vigencia de un orden de derecho y justicia en la sociedad (con-vivir) y con el compartir unos ideales y valores que fundamentan la vida y el obrar en común (bien-vivir).

Centralidad de la persona y bien común no se oponen. Quedando a salvo los derechos inalienables de la persona, debe buscarse en el buen ordenamiento social  la prevalencia del interés de la comunidad por sobre los intereses particulares de individuos o grupos.  Al Estado le corresponde  cuidar y promover el bien común de la “polis”. Juan Pablo II señaló en Bolivia: “En la búsqueda del bien común, la doctrina de la Iglesia adopta como criterio prioritario la preocupación por los más desposeídos y necesitados”. (13. 5. 1988).

2      Tríada generadora: solidaridad, participación, subsidiaridad

Podemos hablar de tríada generadora porque impulsa una dinámica social integradora y positiva y promueve una convivencia fraterna, proactiva, corresponsable.

2.1. Solidaridad

Según Juan Pablo II, es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común” (SRS 38). El Concilio Plenario agrega: “es una consecuencia de la naturaleza social del ser humano, así como de la igualdad fundamental entre las personas (…) uno de los principios básicos de la concepción cristiana de la organización social y política (CIGNS 103). Una interpretación cristiana del ser humano postula la desaparición de injustas desigualdades socio-económicas y de la pobreza. Ser solidario es sentirse prójimo (proximus) del otro y copartícipe de su suerte, no como algo secundario, sino como exigencia básica humana y cristiana. Es muy iluminadora en este sentido  la descripción del Juicio Final y el criterio de solidaridad que allí aplica  el Señor Jesús (Mt 25, 31-46: “tuve hambre y me dieron-no me dieron de comer…)”.                                                                        

 La solidaridad tiende puentes de compartir; rompe las barreras del individualismo, del egoísmo. Orienta actitudes y comportamientos en la convivencia social hacia un horizonte de fraternidad, de comunión. No basta evitar hacer el mal; debemos hacer el bien. Alguien ha dicho:”el mundo anda como anda, no por lo que los malos hacen, sino por lo que los buenos dejan de hacer (pecados de omisión). 

 2.2 Participación

La participación deriva de la condición del ser humano como libre y social. Llamado, por tanto, a edificar la convivencia de modo activo y corresponsable. Asumiendo la parte que le corresponde en la tarea común. La falta de participación puede venir del poder económico, político, cultural, que cierra las puertas a la intervención de los ciudadanos, o también de éstos en cuanto no asumen la  tarea que les corresponde en la construcción de una  “nueva sociedad”.  Alguien dijo: no hay que esperar que nos compongan el mundo; tenemos que componerlo.

Exigencia fundamental de la democracia es una activa y efectiva  participación de los ciudadanos. Ésta no se reduce a intervenir en un proceso electoral; implica, en efecto, un trabajo sostenido, constante. La Constitución nacional dice: “El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables” (Art. 6). “Es y será” significa también: “debe ser” y “hemos de trabajar porque lo sea”. 

En lo que respecta a la Iglesia, San Pablo habla de ésta como “cuerpo de Cristo”, en que todos los miembros tienen una función propia y han de ejercerla en bien del conjunto. La siguiente frase aclara el camino de la participación: “Al hay que es preciso sustituirlo por el tengo que y entrar en acción para poder decir estoy en”.  La comunidad como casa común tenemos que levantarla juntos.     

2.3. Subsidiaridad

El principio de la subsidiaridad “exige –leemos en el Concilio Plenario (CIGNS 106)- que las personas, las familias y las comunidades menores  conserven su capacidad de acción ordenándola al bien común, y que el Estado y las diversas ramas de éste, realicen  sólo lo que aquellas no están en capacidad de ejecutar”.  Con esto se logrará más eficiencia social y la situación del país será más feliz y próspera.

En los sistemas dictatoriales y totalitarios el Estado tiende a acaparar la acción de los ciudadanos y sus organizaciones, para  fortalecer el poder central. Se cae así en un centralismo monopolizador e ineficiente, que acaba o debilita la participación de los ciudadanos, considerados entonces como simples ejecutores de  decisiones.

Como expresiones del principio de subsidiaridad se pueden señalar también el llamado “federalismo”  y la política de descentralización, que propician una efectiva desconcentración del poder, acercándolo en cuanto posible a los ciudadanos; se fortalecen así  los niveles inferiores de poder (regional, estadal, municipal…) y los cuerpos sociales intermedios (instituciones, asociaciones, gremios…). Se ha de procurar en todo caso la debida articulación de estas diversas instancias con miras a asegurar el bien común.

Lo que puede hacer el pequeño no lo debe asumir el grande. El nivel superior no margine al inferior ni tampoco deje de atenderlo en sus limitaciones; y éste no se inhiba descargando su responsabilidad en aquél. Esto vale para lo micro y para lo macro de un mundo globalizado.

3. Hacia una “nueva sociedad”.

Por “nueva sociedad” como símbolo, metáfora o concepto “utópico”,  podemos designar el tipo de  sociedad deseable que debemos construir y se tendrá como realidad  histórica siempre perfectible.   

El término “nueva sociedad” según hemos ya visto se toma también como sinónimo de uno  de los objetivos o dimensiones de la misión de la Iglesia (evangelización), a saber, el que se refiere al compromiso social del cristiano. Ello pone de relieve como éste comprende no sólo la ayuda asistencial ante necesidades inmediatas (obras así llamadas “caritativas”), sino también lo promocional (ejemplificado con el “enseñar a pescar”) y, todavía más, el trabajo por cambios estructurales sociales, que busquen soluciones de fondo a las injusticias, inequidades y desequilibrios hacia un desarrollo integral compartido de la sociedad.   

El Concilio Plenario de Venezuela produjo un documento muy significativo al respecto, que tiene, por cierto, un título sugerente: Contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad. Allí encontramos en relación a ésta una serie de principios, criterios y orientaciones de la DSI aplicados a nuestro país. Los Papas Pablo VI y Juan Pablo II difundieron el término Civilización del amor  como sinónimo de “nueva sociedad”.