Persona humana: ¡un ser maravilloso!

Reproducimos a continuación parte del curso introductorio sobre Doctrina Social de la Iglesia escrito por Mons. R. Ovidio Pérez Morales.

 

1. Dignidad y centralidad. Derechos y deberes humanos.

Una de las enseñanzas fundamentales de la Revelación cristiana es la dignidad y grandeza de los seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios y como centro de la creación; el mundo es puesto a su servicio (véase Gn 1,26-27). El ser humano vale y debe ser apreciado en sí y por sí mismo (no simplemente por lo que tiene, hace o produce); es fin en sí y no debe ser tratado entonces como un instrumento, un útil o un medio para lograr algo.

 La persona humana ocupa un papel central en el mundo: es y ha de ser “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales” (GS 25). Su ser, desarrollo y destino han de ser preocupación central en todo lo referente a la organización y funcionamiento de la convivencia social.

La persona es portadora de derechos que le pertenecen intrínsecamente, y que son, por tanto, inalienables, como el derecho a la vida. La Organización de las Naciones Unida aprobó en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Éstos no son regalo de ningún ser, grupo o poder humano. Pertenecen al ser humano, creado por Dios con esos derechos. Ellos ocupan un lugar prioritario en la DSI. Han de ser respetados, promovidos, defendidos por todos los miembros de la comunidad humana, por la sociedad; y por todo Estado. Junto a los derechos individuales están los de las comunidades y de los pueblos. Tenemos que conocer y hacer valer todos estos derechos.

Somos portadores de derechos, pero también de deberes. Hemos de exigir y exigirnos. A la actitud defensiva hay que acompañarla de una proactiva, que insiste en lo que a la persona le corresponde hacer en favor del prójimo y en la realización del bien común.

 

2. Ser complejo: cuerpo-espíritu, sujeto-social

Los humanos somos como un pequeño mundo (microcosmos); integramos muchas realidades en nosotros mismos. En primer lugar somos corporales, materiales, como las piedras, los árboles; por ser corporales necesitamos aire, alimentación, movimiento.  El Génesis habla del ser humano como hecho del “polvo de la tierra” (Gn 2, 7).

Pero somos también espirituales. Tenemos un alma espiritual y por eso poseemos inteligencia y voluntad, libertad. Somos capaces de razonar y de decidir. Nuestro conocimiento es no sólo sensible como el de los animales (ver, olfatear), sino también intelectual (investigar, discutir). Y no sólo apetecemos lo sensible como aquéllos, sino que también nos forjamos ideales, valores por los cuales luchamos, admiramos la belleza, anhelamos la felicidad.  El amor humano, de sólo posesivo puede pasar a ser oblativo (amistad genuina, entrega desinteresada a personas y causas nobles) y llegar a la unión con Dios.

Somos sujetos, con un yo individual. Tenemos una intimidad en la que nadie puede penetrar. Somos individuos conscientes y libres, “capaces de…”, responsables de nuestras acciones, de nuestra vida. Pero somos sociales; estamos constituidos para vivir en relación, comunidad, comunión: yo-tú-nosotros-él-ellos (ver Gn 1 y 2). Hemos sido fruto de una relación (engendrados); nacemos y nos desarrollamos siempre relacionándonos. Nadie se hace solo. Hemos sido creados como ser-con-y-para--los-demás; la relación interpersonal es condición, vocación y misión. De aquí lo significativo y exigente del “mandamiento máximo” de Jesús: el amor. La Revelación cristiana nos manifiesta al Dios único como Trinidad, comunión, de la cual la comunidad humana viene a ser reflejo, imagen y semejanza.

 

3. Conciencia moral y apertura religiosa

Lo que nos manifiesta mejor como personas, y expresa lo más digno de nosotros mismos, es nuestra capacidad y apertura moral y religiosa. Por nuestra conciencia alcanzamos a discernir lo bueno y lo malo de nuestra conducta; lo que corresponde a nuestro verdadero bien, a nuestra dignidad de personas o nos aleja de ello; lo que nos une solidariamente a los demás o nos separa y distancia. Llevamos escrita esta “ley” moral en nuestro interior. Somos “animales éticos” en cuanto llegamos a conocer el sentido y valoración de nuestras acciones para nuestra verdadera realización y felicidad, y no sólo de lo que significan, por ejemplo, de productivas en lo económico o útiles en lo político.

Somos capaces aún de ir más allá: conocer, en algún modo, a Dios a través de las creaturas, como su autor y su fin; y capaces también de entrar en relación con El, reconocerlo y alabarlo. Por eso se dice que el ser humano es un “animal religioso”, porque puede “trascender” lo visible para acercarse, identificar al Invisible que nos ha creado, nos sostiene con su providencia   y hacia quien hemos de orientar nuestros pasos en actitud de adoración, obediencia, agradecimiento. La religión es tan antigua como el ser humano, y la Revelación cristiana abre escenarios insospechados de   “gratuidad” divina y plenitud humana.