Los tres elementos indispensables...

Reproducimos a continuación parte del curso introductorio sobre Doctrina Social de la Iglesia escrito por Mons. R. Ovidio Pérez Morales.

 

Esta tríada corresponde a la de los tres ámbitos o campos que se pueden señalar en una sociedad: el económico (tener), el político (poder) y el ético-cultural (ser). Sus valores característicos son, respectivamente: igualad, libertad y fraternidad.

Estos tres ámbitos deben considerarse y actuarse en estrecha  interrelación, teniendo presente la integralidad del ser humano (unidad antropológica), la circunstancia concreta histórica y la necesaria jerarquía de valores. El nivel económico es básicamente del orden de los “medios”, el político del orden de los “fines intermedios”, y el ético-cultural, del orden de los “fines penúltimos y últimos”, de la “totalidad de lo humano”.

1. Comunicación de bienes

Punto importante en la DSI es la afirmación de “la destinación universal de los bienes”, en el sentido, de que los bienes han sido creados para servir al desarrollo de todos los seres humanos individual y grupalmente, como personas y como pueblos.

La DSI hace la crítica tanto del capitalismo liberal como del colectivismo marxista, que son como idolatrización de la riqueza, bajo forma tanto individual como colectiva o estatal. La DSI afirma claramente la función social de la propiedad, pues “todos los bienes de la tierra están destinados, en primer lugar, al decoroso sustento de todos los hombres” (MM 119).  Juan Pablo II expresó: “Sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social” (Discurso en Puebla 1979).

Hay diversas formas de propiedad (estatal, privada, cooperativa, social), las cuales deben valorarse en función del bien común y del desarrollo integral de las personas, no olvidando la opción preferencial por los pobres y desvalidos de la sociedad. Concepciones extremas serían, de una parte, una propiedad privada entendida sin límites, que exacerba el individualismo y propicia injusticias y desigualdades, y de la otra, un colectivismo a la marxista, que minimiza la responsabilidad personal y conduce en la práctica a un estatismo radical, que obstruye un  desarrollo integral. La propiedad privada se legitima como resguardo de la persona y  estímulo a su iniciativa  en la perspectiva del bien común.

La Iglesia no propone un modelo socio-económico, político o cultural determinado. Elaborar modelos no es de su competencia. Toca a los laicos y a los ciudadanos en general hacerlo bajo propia responsabilidad.

1.   Democracia

Es un término muy antiguo y significa “poder del pueblo”.

Un texto de Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus resulta bastante iluminador:

 La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica.  Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado (CA 46).

Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.

La DSI considera la democracia como forma de organización social preferible.  El Concilio Plenario de Venezuela formuló como tarea de la Iglesia y particularmente del sector del laicado: “Ayudar a construir y consolidar la democracia promoviendo la participación y la organización ciudadana, así como el fortalecimiento de la sociedad civil” (CIGNS Desafío 4).

A la democracia se oponen aquellos regímenes o sistemas autocráticos, dictatoriales y totalitarios que se apropian o interpretan el poder como hegemonía de una persona, un grupo o un partido, sin un respeto y acatamiento verdaderos a la soberanía popular. El sistema democrático, conquista moderna, es imperativo fundamental de la Constitución Nacional (ver Art. 2).

2.   Calidad de vida”

  No basta para una “nueva sociedad” un ordenamiento justo de la economía y un genuino funcionamiento democrático. El ser humano tiene una dimensión ética y espiritual que plantea ulteriores exigencias y horizontes. Es preciso atender no sólo al campo del “tener” y del “poder” sino al del “ser” y al del “ser más”. No basta atender a lo económicamente conveniente y a lo políticamente  necesario. El ser humano plantea necesidades que van más allá: armonía con el ambiente, relacionamiento amistoso,  especial sensibilidad respecto de los más débiles, realización artística, cultivo ético en valores no rentables ni políticamente aprovechables;  apertura espiritual y religiosa, oración y contemplación. Es el ámbito de la “gratuidad”.

 

El ser humano es pluridimensional y, por lo tanto, una liberación y desarrollo integral del mismo debe atender a las varias dimensiones de su existencia, con peculiar atención a lo que toca a lo más propiamente personal y comunitario. Se ha dicho que la sociedad necesita técnicos y políticos, pero también poetas y místicos. También que el crecimiento y desarrollo del hombre consiste primordialmente “en ser más y no en  tener más”.

 

Un nuevo humanismo no descuida el imperativo de una buena alimentación del cuerpo, pero tampoco la del espíritu. No se deja aprisionar por el consumismo, sino que entiende la realización personal también como cultivo intelectual, inquietud artística,  delicadeza moral y  elevación espiritual.

El Evangelio interpreta la realización plena y definitiva del ser humano en la línea del mandamiento máximo del amor, de la comunión humano-divina e interhumana.